En 1884 el físico francés Edmond Becquerel descubrió que se podía producir electricidad a partir de los rayos solares gracias a lo que se conoce como “el efecto fotovoltaico”. Este descubrimiento despertó la curiosidad de un grupo de investigadores que empezaron a investigar cómo materializar la teoría de Becquerel en un dispositivo que pudiera aprovechar la energía del sol. Lo consiguieron exponiendo selenio directamente a la luz del sol pero la eficacia del dispositivo era de apenas un 1%.
A lo largo del siglo XIX no se encontró ninguna forma económicamente viable que permitiese llevar a la práctica la teoría de Becquerel.
En 1905 Einstein publica el artículo “Heurística de la generación y conversión de la luz” que marca el camino hacia una nueva etapa en la historia de la energía solar. Sus aportaciones permitieron a otros miembros de la comunidad científica entender el efecto fotovoltaico y aplicarlo de una forma más efectiva.
Sin embargo, no fue hasta 1954 cuando, al fin, Bell Laboratories consiguió crear la primera placa solar que funcionase comercialmente. Eso sí, su eficacia era del 6%.
Estas primeras placas solares se empezaron a utilizar en los satélites que se enviaban al espacio, alargando en muchos años su vida útil. Pero producir células solares que pudiesen soportar el clima espacial era tremendamente caro. Nadie por aquel entonces podía imaginar que algún día habría placas en, por ejemplo, una vivienda unifamiliar.
A finales de los 60 empezaron a producirse placas solares con materiales más baratos que permitían usar la tecnología en la tierra, pero seguían siendo muy caras y sólo las grandes empresas podían permitírselas.
En aquellos años las motivaciones para recurrir a la energía solar eran puramente económicas, no respondían a una conciencia medioambiental. No fue hasta 1962, año en el que la bióloga marina Rachel Carson advirtió de los peligros del uso masivo de los plaguicidas como el DDT, empezando a generar conversación sobre el impacto medioambiental de la actividad del ser humano.
El 17 de octubre de 1973 la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo anunció la decisión de dejar de exportar petróleo a los países que apoyaban a Israel en la guerra Yom Kippur, provocando que el precio del barril se disparase de los 3 a los 12 dólares en unos pocos días. Este embargo se prolongó hasta principios de los 80 y sumió a los países occidentales en una grave crisis económica por los cortes de suministros.
Esta crisis mundial del petróleo dejó en evidencia la fuerte dependencia de occidente del petróleo de oriente medio e hizo crecer el interés por el potencial de la energía solar.
Los avances en la eficiencia de los sistemas fotovoltaicos consiguieron reducir el precio del vatio en más de 5 veces. Por primera vez en la historia de la energía solar, esta parecía una alternativa viable para sustituir los combustibles fósiles.
A lo largo de las décadas siguientes se encontraron nuevos materiales y técnicas que permitieron seguir abaratando los costes de producción. En los años 90 muchas empresas empezaron a instalar placas solares pero no fue hasta 2010 que la energía solar se convirtió en una alternativa real de generar electricidad en las viviendas.